EL PODER DE SU SANGRE DERRAMADA II


Por: Hno. Victor Richards
Publicado el:
Martes 23 de Mayo, 2017

Estamos hablando de la sangre, la sangre de Jesús. La sangre que fue derramada en el huerto del Edén representaba lo que iba a hacer el Hijo de Dios muchos años después. El sacrificio de animales estaba siempre viendo hacia adelante cuando la sangre de Jesús sería derramada.

San Pablo escribió en 1ª Corintios 6:20:

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

¿Cuál fue el precio? ¡La sangre! ¡La sangre de Jesús! Y Su sangre no se regó, ¡no! Fue derramada, ¡no fue un accidente! Deliberadamente fue derramada. El Señor Jesús escogió morir en el lugar que tú y yo merecemos, derramando Su preciosa sangre a nuestro favor y Jesús dijo en Mateo 20:28:

“… el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.

¡No lo olvidemos! ¡Jamás!

Ahora leamos en Romanos 6 varias Escrituras que son importantes.

Romanos 6:1-2 dice:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”.

Es que algunos estaban mal entendiendo la gracia y el apóstol tenía que hablar con ellos, porque decían: “Salvos por gracia, entonces yo puedo seguir pecando”. ¡No, no, no! Esto sería pisotear la sangre.

Hay tantas personas que tienen un mal concepto de lo que es la gracia y la salvación y me preocupa porque creen que son salvos y, ¡no lo son! Uno tiene que nacer de nuevo, uno tiene que convertirse en un seguidor de Jesús. Tenemos que odiar el pecado y abandonarlo.

Romanos 6:6 nos dice:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él…”.

Cuando Él fue crucificado yo estaba ahí, pero yo no sentí los clavos, yo no sentí los golpes, yo los merecía pero Él los recibió por mí.

Romanos 6:6-11 sigue diciendo:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas... Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

¡Muertos al pecado! ¿Un muerto se emborracha? No, ¿un muerto puede fornicar? No, ¿un muerto puede mentir? No, ¿puede robar? No. ¿Qué pasa con ese muerto? Toma un alfiler y pícalo, ¿qué hará? ¡Nada! “Muertos al pecado” quiere decir que el pecado no nos puede mover, no puede tener efecto en nosotros. Me preguntarás: ¿Puedo yo vivir así? Sí, sí puedes, si amas a Dios Padre, a Jesús y al Espíritu Santo y odias al pecado.

Cada día podemos regocijarnos no sólo porque hemos sido redimidos de algo, sino porque hemos sido redimidos para algo. Hemos sido redimidos del pecado a una nueva libertad y a una vida nueva en Cristo.

¡Qué tremenda salvación! Le costó a Jesús su sangre derramada. Y si preguntas si hay un propósito en esto, la respuesta es que sí lo hay y es muy importante. Mientras que la sangre de Jesús estaba fluyendo por sus arterias, venas y capilares, no nos podía lavar de nuestros pecados. Como está escrito en Hebreos 9:22:

“...sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.

Esto debe darnos una mejor comprensión de lo peligroso que es pecar y desobedecer a Dios. No juegues con tu salvación y tu eternidad. Camina en Él y tu eternidad con Dios estará sellada y cuando tu cuerpo muera y tus sueños, metas y emociones dejen de ser, tu espíritu aún estará vivo porque es eterno. Consideremos que mil años de eternidad es poco; pasarán cien millones de años y todavía tendrás vida, no hay fin, no hay fin de gozo, de alegría, de la grandeza de Dios, de lo que Él tiene para nosotros, ¿y esto qué será? Yo no sé, no está revelado. Cuando San Pablo fue al cielo y volvió dijo: “Yo vi cosas y oí cosas que no es lícito repetir”, ¿qué vio? Era tan grandioso quizá que nadie podría comprenderlo. No era lícito, Dios dijo: “No, no, no lo digas”, ¿por qué? “Porque nadie va a creerlo”. Va a ser para ti y no va a terminar y uno no va a ponerse viejo o vieja. ¡Eternidad!

Cuando has sido redimido por Su sangre tú puedes decir lo que encontramos en Gálatas 2:20:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

En la historia de la esclava que mencionamos la semana pasada, ¿quién estaba en mayor necesidad? ¿La esclava o el hombre que la compró? La esclava, ¿verdad? De la misma manera Dios no necesitaba reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesitaba reconciliarse con Dios. Dios podría continuar sin mí, sin ti, sin nosotros; pero no quería, yo no sé por qué. Por qué a veces somos tan difíciles, rebeldes, indiferentes y carnales.

En Colosenses 1:15-16: hablando de Jesús leemos:

“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas…”.

¡Jesús estaba en el principio de la creación!

Colosenses 1:16 sigue diciendo:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él”.

No estamos tratando con un carpintero, estamos tratando con Dios, que tiene un corazón de misericordia dispuesto a ir a la cruz por nosotros; ¡que Dios nos revele la grandeza de quien es Él, de su amor, de Su anhelo de tenernos con Él en el cielo por la eternidad!

Ahora veamos Colosenses1:17:

“Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten”.

Hay personas que dicen: “No, ésta no es buena gramática, debe decir: Él fue”. ¡No! “Él es”, Él nunca fue, “Él es” Él es YO SOY.

Colosenses 1:18-20:

“Y Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.

Si alguien quitara la sangre de la Biblia no tendría nada, ¡nada! Hay que tener la sangre de su cruz. Él murió desangrado.

Colosenses 1:21-22:

“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él”.

¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Jesús! ¡Gracias, gracias! ¡Él es grande! ¡Él es poderoso! ¡Él es maravilloso!

Lee con mucho cuidado lo que aquí está escrito: Aun cuando el deseo de Dios era continuar en amor y en comunión con el hombre, el pecado rompió la comunión entre ellos y convirtió a Dios en su adversario. El pecado hizo imposible que el hombre tuviera comunión con Él. ¿Por qué? Porque Dios dijo: “La paga del pecado es muerte” y no podemos cambiarlo, la paga del pecado es muerte y siempre será así.

El pecado tiene un efecto doble, ha tenido un efecto sobre Dios, tanto como sobre el hombre. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado, es una ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23). ¿Entendemos? Dios mismo dijo: “El pecado tiene que ser pagado con muerte, con sangre”. Él no pudiera solo dar la vuelta como si nada, ¡no! Tenía que morir alguien que nunca pecó y había solo uno: Su Unigénito. Esto es fuerte. Podrías decirme: “Esto es muy básico para un cristiano”, pero aun siendo básico muchas veces no comprendemos o no recordamos lo que sucedió.

En el Antiguo Pacto o Testamento, Dios instruyó a su pueblo a ofrecer sacrificios de animales y esos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía, que es la muerte.

En Hebreos 10:1-3 se habla de los diez mandamientos y otras leyes que tenían; leamos:

“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados”.

Una vez que uno confiesa sus pecados le gustaría olvidarlos, ¿verdad? Pero en la ley cada año estaba la memoria de su pecado.

Hebreos 10:4-8 dice:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley)…”.

Este es el Pacto Antiguo. El Antiguo Pacto era la revelación, el Nuevo Pacto trae la realidad. Cristo derramó Su sangre una vez para siempre. Cuando nosotros celebramos la Santa Cena no estamos celebrando el pecado, estamos celebrando el perdón, estamos celebrando vida eterna, estamos aún celebrando su retorno aquí a la tierra y el vino no se convierte en sangre, el pan no se convierte en carne, es un memorial de lo que Él hizo por nosotros, no un memorial de nuestros mugrosos pecados.

Estamos libres porque hemos sido lavados por la sangre del Cordero derramada para pagar el precio del pecado que es la muerte. ¡Sólo la sangre de Jesús derramada tiene el poder de perdón y restauración y aun mucho mas! Aunque el amor de Dios hacia el hombre permaneció inalterable, el pecado hizo imposible que admitiera al hombre a la comunión con Él como antes, el hombre dejó de caminar con Él en el huerto, en el fresco de la tarde todos los días. ¡Mire lo que perdieron! Cuando uno peca uno pierde.

En algunas culturas es común que un oficial ignore o cubra una infracción que comete uno de sus amigos. Esto no existe con Dios, con Dios no hay favoritismos. Dios no cubre el pecado, Él paga “la multa”. El pecado tiene que ser lavado en la sangre derramada de Jesús o no hay remisión.

El pecado tiene un efecto doble: Ha tenido un efecto sobre Dios tanto como sobre el hombre, el efecto que ha tenido sobre Dios es mucho más terrible y serio: Porque ya Él es un adversario. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado ni en Adán, ni en Eva, ni en mí, ni en ti. Es Su ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte.

Romanos 6:23 nos dice:

“Porque la paga del pecado es muerte”.

Nosotros vivimos en una sociedad tan pecaminosa que a veces olvidamos lo grave que es pecar, lo grave que es mentir, robar, fornicar, o cualquier otro pecado. En el Antiguo Pacto Dios instruyó a Su pueblo a ofrecer sacrificios, estos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía. La gente merecía morir y los sacrificios tenían que ofrecerse vez tras vez. El Antiguo Pacto era la revelación de lo que el Nuevo Pacto traería a la realidad.

Cristo murió una vez y para siempre para pagar, para purgar, para expiar nuestros pecados y traernos de regreso a la comunión con Dios. Él murió, Él llevó mi pecado y si tú eres un seguidor de Jesús, Él llevó tu pecado también, y si tú no sigues a Jesús, Él no ha llevado tu pecado, todavía está sobre ti y “la paga de tu pecado es muerte”. Él murió por mí, porque le he recibido, yo le sigo, me entrego a Él pero si tú no te has entregado a Él y si no le sigues, estás excluido de Su reino (esto es verdad), tenemos que reconocer que la justicia exige nuestra muerte pero el amor ofrece morir en nuestro lugar.

Es como cuando un criminal en un país que tiene el castigo de muerte y él está sentenciado a morir. Luego otro va al juez y le dice: “Yo quiero morir en su lugar, mátenme a mí y déjenlo a él libre” y como en ese país se permite esto, así lo hacen: Aquel sale libre. La justicia exigió el derramamiento de sangre y el amor de Dios ofreció ésta sangre, Jesús es Dios y Él dijo: “Yo moriré sangrando”, no dijo: “En ese caso vamos a olvidarlo, al fin y al cabo es sólo un pecadito”. ¡No! Dios no puede actuar así, Él es Dios. Entonces la única cosa que pudiera hacer es morir por ti y por mi derramando su sangre.

La relación de Dios con el hombre es sostenida por un pacto de sangre que nos dice: “Sígueme” y en ésta palabra está incluido su todo, es dar su vida a Él, “sígueme y yo moriré por ti, pero sígueme”.

Si el criminal mencionado rechaza la oferta de su amigo que quiere morir por él diciendo: “No lo creo”, el criminal morirá. Puedes pensar que nadie haría esto, nadie rechazaría que alguien más muera en su lugar. Pero muchos lo hacen todos los días, rechazan el sacrificio de Jesús y morirán sin esperanza y les espera eterno sufrimiento.

Hay poder y protección en la sangre derramada de Jesús, poder para lavarme de mi pecado y protegerme del enemigo, y mucho más. Cuando Jesús derramó Su sangre en la cruz, Él nos dio Su propia vida; Él dio Su vida por mi vida. Satanás tenía derecho de agarrarme y llevarme, pero Jesús diría: “¡No! Él está siguiéndome, yo morí por él”.

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Publicado el:
Martes 23 de Mayo, 2017

Estamos hablando de la sangre, la sangre de Jesús. La sangre que fue derramada en el huerto del Edén representaba lo que iba a hacer el Hijo de Dios muchos años después. El sacrificio de animales estaba siempre viendo hacia adelante cuando la sangre de Jesús sería derramada.

San Pablo escribió en 1ª Corintios 6:20:

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

¿Cuál fue el precio? ¡La sangre! ¡La sangre de Jesús! Y Su sangre no se regó, ¡no! Fue derramada, ¡no fue un accidente! Deliberadamente fue derramada. El Señor Jesús escogió morir en el lugar que tú y yo merecemos, derramando Su preciosa sangre a nuestro favor y Jesús dijo en Mateo 20:28:

“… el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.

¡No lo olvidemos! ¡Jamás!

Ahora leamos en Romanos 6 varias Escrituras que son importantes.

Romanos 6:1-2 dice:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”.

Es que algunos estaban mal entendiendo la gracia y el apóstol tenía que hablar con ellos, porque decían: “Salvos por gracia, entonces yo puedo seguir pecando”. ¡No, no, no! Esto sería pisotear la sangre.

Hay tantas personas que tienen un mal concepto de lo que es la gracia y la salvación y me preocupa porque creen que son salvos y, ¡no lo son! Uno tiene que nacer de nuevo, uno tiene que convertirse en un seguidor de Jesús. Tenemos que odiar el pecado y abandonarlo.

Romanos 6:6 nos dice:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él…”.

Cuando Él fue crucificado yo estaba ahí, pero yo no sentí los clavos, yo no sentí los golpes, yo los merecía pero Él los recibió por mí.

Romanos 6:6-11 sigue diciendo:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas... Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

¡Muertos al pecado! ¿Un muerto se emborracha? No, ¿un muerto puede fornicar? No, ¿un muerto puede mentir? No, ¿puede robar? No. ¿Qué pasa con ese muerto? Toma un alfiler y pícalo, ¿qué hará? ¡Nada! “Muertos al pecado” quiere decir que el pecado no nos puede mover, no puede tener efecto en nosotros. Me preguntarás: ¿Puedo yo vivir así? Sí, sí puedes, si amas a Dios Padre, a Jesús y al Espíritu Santo y odias al pecado.

Cada día podemos regocijarnos no sólo porque hemos sido redimidos de algo, sino porque hemos sido redimidos para algo. Hemos sido redimidos del pecado a una nueva libertad y a una vida nueva en Cristo.

¡Qué tremenda salvación! Le costó a Jesús su sangre derramada. Y si preguntas si hay un propósito en esto, la respuesta es que sí lo hay y es muy importante. Mientras que la sangre de Jesús estaba fluyendo por sus arterias, venas y capilares, no nos podía lavar de nuestros pecados. Como está escrito en Hebreos 9:22:

“...sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.

Esto debe darnos una mejor comprensión de lo peligroso que es pecar y desobedecer a Dios. No juegues con tu salvación y tu eternidad. Camina en Él y tu eternidad con Dios estará sellada y cuando tu cuerpo muera y tus sueños, metas y emociones dejen de ser, tu espíritu aún estará vivo porque es eterno. Consideremos que mil años de eternidad es poco; pasarán cien millones de años y todavía tendrás vida, no hay fin, no hay fin de gozo, de alegría, de la grandeza de Dios, de lo que Él tiene para nosotros, ¿y esto qué será? Yo no sé, no está revelado. Cuando San Pablo fue al cielo y volvió dijo: “Yo vi cosas y oí cosas que no es lícito repetir”, ¿qué vio? Era tan grandioso quizá que nadie podría comprenderlo. No era lícito, Dios dijo: “No, no, no lo digas”, ¿por qué? “Porque nadie va a creerlo”. Va a ser para ti y no va a terminar y uno no va a ponerse viejo o vieja. ¡Eternidad!

Cuando has sido redimido por Su sangre tú puedes decir lo que encontramos en Gálatas 2:20:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

En la historia de la esclava que mencionamos la semana pasada, ¿quién estaba en mayor necesidad? ¿La esclava o el hombre que la compró? La esclava, ¿verdad? De la misma manera Dios no necesitaba reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesitaba reconciliarse con Dios. Dios podría continuar sin mí, sin ti, sin nosotros; pero no quería, yo no sé por qué. Por qué a veces somos tan difíciles, rebeldes, indiferentes y carnales.

En Colosenses 1:15-16: hablando de Jesús leemos:

“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas…”.

¡Jesús estaba en el principio de la creación!

Colosenses 1:16 sigue diciendo:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él”.

No estamos tratando con un carpintero, estamos tratando con Dios, que tiene un corazón de misericordia dispuesto a ir a la cruz por nosotros; ¡que Dios nos revele la grandeza de quien es Él, de su amor, de Su anhelo de tenernos con Él en el cielo por la eternidad!

Ahora veamos Colosenses1:17:

“Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten”.

Hay personas que dicen: “No, ésta no es buena gramática, debe decir: Él fue”. ¡No! “Él es”, Él nunca fue, “Él es” Él es YO SOY.

Colosenses 1:18-20:

“Y Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.

Si alguien quitara la sangre de la Biblia no tendría nada, ¡nada! Hay que tener la sangre de su cruz. Él murió desangrado.

Colosenses 1:21-22:

“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él”.

¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Jesús! ¡Gracias, gracias! ¡Él es grande! ¡Él es poderoso! ¡Él es maravilloso!

Lee con mucho cuidado lo que aquí está escrito: Aun cuando el deseo de Dios era continuar en amor y en comunión con el hombre, el pecado rompió la comunión entre ellos y convirtió a Dios en su adversario. El pecado hizo imposible que el hombre tuviera comunión con Él. ¿Por qué? Porque Dios dijo: “La paga del pecado es muerte” y no podemos cambiarlo, la paga del pecado es muerte y siempre será así.

El pecado tiene un efecto doble, ha tenido un efecto sobre Dios, tanto como sobre el hombre. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado, es una ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23). ¿Entendemos? Dios mismo dijo: “El pecado tiene que ser pagado con muerte, con sangre”. Él no pudiera solo dar la vuelta como si nada, ¡no! Tenía que morir alguien que nunca pecó y había solo uno: Su Unigénito. Esto es fuerte. Podrías decirme: “Esto es muy básico para un cristiano”, pero aun siendo básico muchas veces no comprendemos o no recordamos lo que sucedió.

En el Antiguo Pacto o Testamento, Dios instruyó a su pueblo a ofrecer sacrificios de animales y esos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía, que es la muerte.

En Hebreos 10:1-3 se habla de los diez mandamientos y otras leyes que tenían; leamos:

“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados”.

Una vez que uno confiesa sus pecados le gustaría olvidarlos, ¿verdad? Pero en la ley cada año estaba la memoria de su pecado.

Hebreos 10:4-8 dice:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley)…”.

Este es el Pacto Antiguo. El Antiguo Pacto era la revelación, el Nuevo Pacto trae la realidad. Cristo derramó Su sangre una vez para siempre. Cuando nosotros celebramos la Santa Cena no estamos celebrando el pecado, estamos celebrando el perdón, estamos celebrando vida eterna, estamos aún celebrando su retorno aquí a la tierra y el vino no se convierte en sangre, el pan no se convierte en carne, es un memorial de lo que Él hizo por nosotros, no un memorial de nuestros mugrosos pecados.

Estamos libres porque hemos sido lavados por la sangre del Cordero derramada para pagar el precio del pecado que es la muerte. ¡Sólo la sangre de Jesús derramada tiene el poder de perdón y restauración y aun mucho mas! Aunque el amor de Dios hacia el hombre permaneció inalterable, el pecado hizo imposible que admitiera al hombre a la comunión con Él como antes, el hombre dejó de caminar con Él en el huerto, en el fresco de la tarde todos los días. ¡Mire lo que perdieron! Cuando uno peca uno pierde.

En algunas culturas es común que un oficial ignore o cubra una infracción que comete uno de sus amigos. Esto no existe con Dios, con Dios no hay favoritismos. Dios no cubre el pecado, Él paga “la multa”. El pecado tiene que ser lavado en la sangre derramada de Jesús o no hay remisión.

El pecado tiene un efecto doble: Ha tenido un efecto sobre Dios tanto como sobre el hombre, el efecto que ha tenido sobre Dios es mucho más terrible y serio: Porque ya Él es un adversario. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado ni en Adán, ni en Eva, ni en mí, ni en ti. Es Su ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte.

Romanos 6:23 nos dice:

“Porque la paga del pecado es muerte”.

Nosotros vivimos en una sociedad tan pecaminosa que a veces olvidamos lo grave que es pecar, lo grave que es mentir, robar, fornicar, o cualquier otro pecado. En el Antiguo Pacto Dios instruyó a Su pueblo a ofrecer sacrificios, estos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía. La gente merecía morir y los sacrificios tenían que ofrecerse vez tras vez. El Antiguo Pacto era la revelación de lo que el Nuevo Pacto traería a la realidad.

Cristo murió una vez y para siempre para pagar, para purgar, para expiar nuestros pecados y traernos de regreso a la comunión con Dios. Él murió, Él llevó mi pecado y si tú eres un seguidor de Jesús, Él llevó tu pecado también, y si tú no sigues a Jesús, Él no ha llevado tu pecado, todavía está sobre ti y “la paga de tu pecado es muerte”. Él murió por mí, porque le he recibido, yo le sigo, me entrego a Él pero si tú no te has entregado a Él y si no le sigues, estás excluido de Su reino (esto es verdad), tenemos que reconocer que la justicia exige nuestra muerte pero el amor ofrece morir en nuestro lugar.

Es como cuando un criminal en un país que tiene el castigo de muerte y él está sentenciado a morir. Luego otro va al juez y le dice: “Yo quiero morir en su lugar, mátenme a mí y déjenlo a él libre” y como en ese país se permite esto, así lo hacen: Aquel sale libre. La justicia exigió el derramamiento de sangre y el amor de Dios ofreció ésta sangre, Jesús es Dios y Él dijo: “Yo moriré sangrando”, no dijo: “En ese caso vamos a olvidarlo, al fin y al cabo es sólo un pecadito”. ¡No! Dios no puede actuar así, Él es Dios. Entonces la única cosa que pudiera hacer es morir por ti y por mi derramando su sangre.

La relación de Dios con el hombre es sostenida por un pacto de sangre que nos dice: “Sígueme” y en ésta palabra está incluido su todo, es dar su vida a Él, “sígueme y yo moriré por ti, pero sígueme”.

Si el criminal mencionado rechaza la oferta de su amigo que quiere morir por él diciendo: “No lo creo”, el criminal morirá. Puedes pensar que nadie haría esto, nadie rechazaría que alguien más muera en su lugar. Pero muchos lo hacen todos los días, rechazan el sacrificio de Jesús y morirán sin esperanza y les espera eterno sufrimiento.

Hay poder y protección en la sangre derramada de Jesús, poder para lavarme de mi pecado y protegerme del enemigo, y mucho más. Cuando Jesús derramó Su sangre en la cruz, Él nos dio Su propia vida; Él dio Su vida por mi vida. Satanás tenía derecho de agarrarme y llevarme, pero Jesús diría: “¡No! Él está siguiéndome, yo morí por él”.

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Por: Hno. Victor Richards
Martes 23 de Mayo, 2017

Estamos hablando de la sangre, la sangre de Jesús. La sangre que fue derramada en el huerto del Edén representaba lo que iba a hacer el Hijo de Dios muchos años después. El sacrificio de animales estaba siempre viendo hacia adelante cuando la sangre de Jesús sería derramada.

San Pablo escribió en 1ª Corintios 6:20:

“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

¿Cuál fue el precio? ¡La sangre! ¡La sangre de Jesús! Y Su sangre no se regó, ¡no! Fue derramada, ¡no fue un accidente! Deliberadamente fue derramada. El Señor Jesús escogió morir en el lugar que tú y yo merecemos, derramando Su preciosa sangre a nuestro favor y Jesús dijo en Mateo 20:28:

“… el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”.

¡No lo olvidemos! ¡Jamás!

Ahora leamos en Romanos 6 varias Escrituras que son importantes.

Romanos 6:1-2 dice:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?”.

Es que algunos estaban mal entendiendo la gracia y el apóstol tenía que hablar con ellos, porque decían: “Salvos por gracia, entonces yo puedo seguir pecando”. ¡No, no, no! Esto sería pisotear la sangre.

Hay tantas personas que tienen un mal concepto de lo que es la gracia y la salvación y me preocupa porque creen que son salvos y, ¡no lo son! Uno tiene que nacer de nuevo, uno tiene que convertirse en un seguidor de Jesús. Tenemos que odiar el pecado y abandonarlo.

Romanos 6:6 nos dice:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él…”.

Cuando Él fue crucificado yo estaba ahí, pero yo no sentí los clavos, yo no sentí los golpes, yo los merecía pero Él los recibió por mí.

Romanos 6:6-11 sigue diciendo:

“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas... Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

¡Muertos al pecado! ¿Un muerto se emborracha? No, ¿un muerto puede fornicar? No, ¿un muerto puede mentir? No, ¿puede robar? No. ¿Qué pasa con ese muerto? Toma un alfiler y pícalo, ¿qué hará? ¡Nada! “Muertos al pecado” quiere decir que el pecado no nos puede mover, no puede tener efecto en nosotros. Me preguntarás: ¿Puedo yo vivir así? Sí, sí puedes, si amas a Dios Padre, a Jesús y al Espíritu Santo y odias al pecado.

Cada día podemos regocijarnos no sólo porque hemos sido redimidos de algo, sino porque hemos sido redimidos para algo. Hemos sido redimidos del pecado a una nueva libertad y a una vida nueva en Cristo.

¡Qué tremenda salvación! Le costó a Jesús su sangre derramada. Y si preguntas si hay un propósito en esto, la respuesta es que sí lo hay y es muy importante. Mientras que la sangre de Jesús estaba fluyendo por sus arterias, venas y capilares, no nos podía lavar de nuestros pecados. Como está escrito en Hebreos 9:22:

“...sin derramamiento de sangre no se hace remisión”.

Esto debe darnos una mejor comprensión de lo peligroso que es pecar y desobedecer a Dios. No juegues con tu salvación y tu eternidad. Camina en Él y tu eternidad con Dios estará sellada y cuando tu cuerpo muera y tus sueños, metas y emociones dejen de ser, tu espíritu aún estará vivo porque es eterno. Consideremos que mil años de eternidad es poco; pasarán cien millones de años y todavía tendrás vida, no hay fin, no hay fin de gozo, de alegría, de la grandeza de Dios, de lo que Él tiene para nosotros, ¿y esto qué será? Yo no sé, no está revelado. Cuando San Pablo fue al cielo y volvió dijo: “Yo vi cosas y oí cosas que no es lícito repetir”, ¿qué vio? Era tan grandioso quizá que nadie podría comprenderlo. No era lícito, Dios dijo: “No, no, no lo digas”, ¿por qué? “Porque nadie va a creerlo”. Va a ser para ti y no va a terminar y uno no va a ponerse viejo o vieja. ¡Eternidad!

Cuando has sido redimido por Su sangre tú puedes decir lo que encontramos en Gálatas 2:20:

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.

En la historia de la esclava que mencionamos la semana pasada, ¿quién estaba en mayor necesidad? ¿La esclava o el hombre que la compró? La esclava, ¿verdad? De la misma manera Dios no necesitaba reconciliarse con el hombre, sino que el hombre necesitaba reconciliarse con Dios. Dios podría continuar sin mí, sin ti, sin nosotros; pero no quería, yo no sé por qué. Por qué a veces somos tan difíciles, rebeldes, indiferentes y carnales.

En Colosenses 1:15-16: hablando de Jesús leemos:

“Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas…”.

¡Jesús estaba en el principio de la creación!

Colosenses 1:16 sigue diciendo:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él”.

No estamos tratando con un carpintero, estamos tratando con Dios, que tiene un corazón de misericordia dispuesto a ir a la cruz por nosotros; ¡que Dios nos revele la grandeza de quien es Él, de su amor, de Su anhelo de tenernos con Él en el cielo por la eternidad!

Ahora veamos Colosenses1:17:

“Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten”.

Hay personas que dicen: “No, ésta no es buena gramática, debe decir: Él fue”. ¡No! “Él es”, Él nunca fue, “Él es” Él es YO SOY.

Colosenses 1:18-20:

“Y Él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud, y por medio de Él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.

Si alguien quitara la sangre de la Biblia no tendría nada, ¡nada! Hay que tener la sangre de su cruz. Él murió desangrado.

Colosenses 1:21-22:

“Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de Él”.

¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Jesús! ¡Gracias, gracias! ¡Él es grande! ¡Él es poderoso! ¡Él es maravilloso!

Lee con mucho cuidado lo que aquí está escrito: Aun cuando el deseo de Dios era continuar en amor y en comunión con el hombre, el pecado rompió la comunión entre ellos y convirtió a Dios en su adversario. El pecado hizo imposible que el hombre tuviera comunión con Él. ¿Por qué? Porque Dios dijo: “La paga del pecado es muerte” y no podemos cambiarlo, la paga del pecado es muerte y siempre será así.

El pecado tiene un efecto doble, ha tenido un efecto sobre Dios, tanto como sobre el hombre. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado, es una ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte: “Porque la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23). ¿Entendemos? Dios mismo dijo: “El pecado tiene que ser pagado con muerte, con sangre”. Él no pudiera solo dar la vuelta como si nada, ¡no! Tenía que morir alguien que nunca pecó y había solo uno: Su Unigénito. Esto es fuerte. Podrías decirme: “Esto es muy básico para un cristiano”, pero aun siendo básico muchas veces no comprendemos o no recordamos lo que sucedió.

En el Antiguo Pacto o Testamento, Dios instruyó a su pueblo a ofrecer sacrificios de animales y esos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía, que es la muerte.

En Hebreos 10:1-3 se habla de los diez mandamientos y otras leyes que tenían; leamos:

“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados”.

Una vez que uno confiesa sus pecados le gustaría olvidarlos, ¿verdad? Pero en la ley cada año estaba la memoria de su pecado.

Hebreos 10:4-8 dice:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley)…”.

Este es el Pacto Antiguo. El Antiguo Pacto era la revelación, el Nuevo Pacto trae la realidad. Cristo derramó Su sangre una vez para siempre. Cuando nosotros celebramos la Santa Cena no estamos celebrando el pecado, estamos celebrando el perdón, estamos celebrando vida eterna, estamos aún celebrando su retorno aquí a la tierra y el vino no se convierte en sangre, el pan no se convierte en carne, es un memorial de lo que Él hizo por nosotros, no un memorial de nuestros mugrosos pecados.

Estamos libres porque hemos sido lavados por la sangre del Cordero derramada para pagar el precio del pecado que es la muerte. ¡Sólo la sangre de Jesús derramada tiene el poder de perdón y restauración y aun mucho mas! Aunque el amor de Dios hacia el hombre permaneció inalterable, el pecado hizo imposible que admitiera al hombre a la comunión con Él como antes, el hombre dejó de caminar con Él en el huerto, en el fresco de la tarde todos los días. ¡Mire lo que perdieron! Cuando uno peca uno pierde.

En algunas culturas es común que un oficial ignore o cubra una infracción que comete uno de sus amigos. Esto no existe con Dios, con Dios no hay favoritismos. Dios no cubre el pecado, Él paga “la multa”. El pecado tiene que ser lavado en la sangre derramada de Jesús o no hay remisión.

El pecado tiene un efecto doble: Ha tenido un efecto sobre Dios tanto como sobre el hombre, el efecto que ha tenido sobre Dios es mucho más terrible y serio: Porque ya Él es un adversario. Dios como Señor de todo no podía pasar por alto el pecado ni en Adán, ni en Eva, ni en mí, ni en ti. Es Su ley inalterable que el pecado debe traer tristeza y muerte.

Romanos 6:23 nos dice:

“Porque la paga del pecado es muerte”.

Nosotros vivimos en una sociedad tan pecaminosa que a veces olvidamos lo grave que es pecar, lo grave que es mentir, robar, fornicar, o cualquier otro pecado. En el Antiguo Pacto Dios instruyó a Su pueblo a ofrecer sacrificios, estos animales sacrificados llevaban simbólicamente el castigo por el pecado que la gente merecía. La gente merecía morir y los sacrificios tenían que ofrecerse vez tras vez. El Antiguo Pacto era la revelación de lo que el Nuevo Pacto traería a la realidad.

Cristo murió una vez y para siempre para pagar, para purgar, para expiar nuestros pecados y traernos de regreso a la comunión con Dios. Él murió, Él llevó mi pecado y si tú eres un seguidor de Jesús, Él llevó tu pecado también, y si tú no sigues a Jesús, Él no ha llevado tu pecado, todavía está sobre ti y “la paga de tu pecado es muerte”. Él murió por mí, porque le he recibido, yo le sigo, me entrego a Él pero si tú no te has entregado a Él y si no le sigues, estás excluido de Su reino (esto es verdad), tenemos que reconocer que la justicia exige nuestra muerte pero el amor ofrece morir en nuestro lugar.

Es como cuando un criminal en un país que tiene el castigo de muerte y él está sentenciado a morir. Luego otro va al juez y le dice: “Yo quiero morir en su lugar, mátenme a mí y déjenlo a él libre” y como en ese país se permite esto, así lo hacen: Aquel sale libre. La justicia exigió el derramamiento de sangre y el amor de Dios ofreció ésta sangre, Jesús es Dios y Él dijo: “Yo moriré sangrando”, no dijo: “En ese caso vamos a olvidarlo, al fin y al cabo es sólo un pecadito”. ¡No! Dios no puede actuar así, Él es Dios. Entonces la única cosa que pudiera hacer es morir por ti y por mi derramando su sangre.

La relación de Dios con el hombre es sostenida por un pacto de sangre que nos dice: “Sígueme” y en ésta palabra está incluido su todo, es dar su vida a Él, “sígueme y yo moriré por ti, pero sígueme”.

Si el criminal mencionado rechaza la oferta de su amigo que quiere morir por él diciendo: “No lo creo”, el criminal morirá. Puedes pensar que nadie haría esto, nadie rechazaría que alguien más muera en su lugar. Pero muchos lo hacen todos los días, rechazan el sacrificio de Jesús y morirán sin esperanza y les espera eterno sufrimiento.

Hay poder y protección en la sangre derramada de Jesús, poder para lavarme de mi pecado y protegerme del enemigo, y mucho más. Cuando Jesús derramó Su sangre en la cruz, Él nos dio Su propia vida; Él dio Su vida por mi vida. Satanás tenía derecho de agarrarme y llevarme, pero Jesús diría: “¡No! Él está siguiéndome, yo morí por él”.

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