El Asombroso e Inagotable Amor de Dios III



Publicado el:
Martes 18 de Febrero, 2020

Él nos compró

En primer lugar, Dios nos ama porque nos creó. ¡Somos su creación! En segundo lugar, Dios nos ama porque nos ha comprado.

Me hace recordar una historia que muchos escuchamos cuando éramos niños: 

“El barquito dos veces adueñado”

 Cuenta el relato que un niño construyó un barquito de madera en el taller de su padre. Le tomó muchas semanas porque puso mucho empeño y cuidado al construirlo. Ya terminado, se sentía orgulloso de su barquito porque era la obra de sus manos.  

Luego salió a un lago a jugar con él,  pero se levantó un viento fuerte, llevando el barquito lejos, fuera del alcance de su dueño. El muchachito quedó muy triste, y todos los días pensaba en su barquito perdido. 

Cierto día, estaba caminando por la calle principal, cuando de repente vio en la vitrina de una tienda que vendía cosas usadas… ¡Nada menos que su barquito perdido!  Pero el dueño de la tienda no iba a devolvérselo así nada más… el niño tendría que comprarlo.  

Por varias semanas el niño hizo una diversidad de trabajos, para juntar el dinero para pagar el precio establecido. Pero finalmente, con el dinero en la mano, entró a la tienda y le dijo al tendero: “Vengo a comprar el barquito”.  Entonces pagó el precio y se le entregó el barco. El niño salió a la calle feliz de la vida, abrazando su juguete y diciendo: “En verdad eres mío, porque primeramente te hice, y ahora te he comprado”. 

Dios nos ama, porque primeramente nos hizo. Pero luego, nuestros pecados nos separaron de Él. Así que envió a su Hijo y con el precio de su sangre, Él nos compró. 

Cristo es el Hijo natural de Dios y nosotros hemos sido adoptados a su familia. Jesús es nuestro hermano mayor. Somos aceptos y amados en Él de la misma manera que Jesús es acepto y amado. Dice Pablo: 

Romanos 8:14-15

 “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”.

¡Dios tiene un cuidado especial para con sus hijos! 

Cuando yo salgo de viaje y regreso a casa, acostumbro traer algún regalito a mis hijas y a mi hijo, algo que compré en la ciudad o el país donde andaba.  Pero, ¿te digo algo? ¡Nunca les he traído algo a los hijos del vecino! Porque por muy bien portados que sean, por muy bien parecidos que sean, ¡no son mis hijos! De la misma manera, Dios tiene un cuidado especial para con sus hijos.  

Sin duda, algunos se encelan con esa declaración, pensando: “Pero, ¡¿cómo es posible que ustedes los cristianos digan esto, que se crean tan privilegiados?!”. La verdad es que la Biblia lo dice. 

A la vez, mucha gente piensa: “Pero todos somos hijos de Dios”. Las Escrituras no enseñan tal cosa. Indican que todos somos hijos de Adán, con la naturaleza pecaminosa de Adán. Por lo tanto, Jesús dijo: "Es necesario nacer de nuevo, nacer del Espíritu". Cuando ocurre el nuevo nacimiento (por creer y recibir a Jesucristo) somos hechos sus hijos (Juan 1:12) y la Biblia muestra que, ¡sí hay un trato especial para los hijos!

Notemos algo más: El conocido texto de Juan 3:16 enseña que Dios sí ama a todo el mundo. Sin embargo, Jesús declaró en Juan 14 que el que le sigue y que guarda sus mandamientos, ¡será amado por el Padre! Así que, ¡sin duda existe un amor especial para los hijos obedientes!

Juan 14:21-23

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él".

Jesús nos enseñó a llamar a Dios “Padre”

Cuando Jesús vino a la tierra, Él vino a revolucionar lo que el pueblo de Israel conocía en relación a Dios. Jesús personalizó la expresión “Padre”. Los judíos siempre habían percibido a Dios como alguien distante e intocable, ¡ni siquiera se atrevían a decir su nombre! Entonces Jesús vino, y llamó a Dios “mi Padre”. Hablaba de una relación personal que los judíos no entendían.  Él  decía: “El padre y yo somos uno”, y esto irritaba a los religiosos de aquellos días. 

Jesús instruyó a sus discípulos para que ellos también se dirigieran a Dios como el padre, diciendo; “Padre nuestro que estás en los cielos”. Pero no solo esto, sino que todavía los llevó un poco más allá al decir; “Abba Padre”, un término aun más tierno, porque significa “Papi” o “Papá”.  

Mis  hijos me dicen “papi” o “papá”.  Adrián,  mi hijo mayor,  sabe que a mí me gusta que me digan así y él, a veces jugando, me dice “padre”.  Pero cuando me llama así, yo no le contesto. Y él insiste: “Padre, te estoy hablando”. Y no le hago caso. Él sabe que quiero que me diga “papi”,  porque me muestra su necesidad de mí. Me indica su insuficiencia como niño, como adolescente, y me hace ver a mí como padre, que estoy aquí para protegerle, para bendecirle. 

 De la misma manera, cuando decimos: “Abba Padre”, Dios ve nuestra vulnerabilidad; ve nuestra necesidad, nuestra dependencia de Él y eso le agrada. 

Conceptos de Dios equivocados o incompletos

¿Te molesta o incomoda el concepto de tratar a Dios con tanta familiaridad, al grado de dirigirte a Él como “Papá”?  O puede que estés pensando: “Todo esto suena bonito, pero yo no tengo esa relación tan cercana con Dios”. 

Todos nosotros, en cierta medida, tenemos conceptos equivocados o incompletos en cuanto a Dios y su amor. Posiblemente la relación que tuviste con tu padre terrenal se ha convertido en un obstáculo para que llegues a conocer a Dios de esa manera tan personal.

La realidad es que las experiencias que tuvimos con nuestros padres terrenales, u otras figuras de autoridad mientras crecíamos, afectan mucho nuestro concepto de Dios. Por ejemplo, si nuestros padres, maestros, pastor u otras autoridades en nuestra vida nos fallaron, tememos que Dios también nos fallará.  

Algunas personas recibieron aceptación condicional en su familia, es decir, sus padres aparentemente los “amaban más” cuando les agradaban con sus logros y comportamiento, o por lo menos lo percibían así. Algunos padres declaraban ese amor condicional abiertamente, diciendo cosas como: “Si te sigues portando mal, ya no te voy a querer (o Dios no te va a querer)” o “si sacas buenas calificaciones, te voy a querer más que nunca”.  

Si nuestros padres fueron así, entonces solemos pensar que Dios es igual con nosotros: Que Él sólo nos ama, o nos ama más, cuando hacemos algo para merecer su amor. 

Por otro lado, si las autoridades en nuestras vidas fueron demasiado permisivas, posiblemente no entendamos la importancia de la obediencia. Algunas personas ven a Dios como un “abuelito sentimental” que sólo cierra sus ojos a nuestros pecados.  

¡Qué responsabilidad para nosotros que somos padres de familia! Nuestros hijos (al igual que nosotros) no pueden ver a Dios, que es Espíritu, pero obtienen su percepción de Él a través de la imagen de sus padres terrenales: Cómo los tratamos, el amor que les demostramos y la manera en que los disciplinamos. Cuando reflejamos el amor de Dios, esto viene a desarrollar en la mente de nuestros hijos una imagen correcta de lo que es Dios el Padre, y cuando empiezan a relacionarse con Él, será mucho más fácil, porque lo vieron reflejado en nosotros.

Pero, ¿qué sucede cuando, por nuestros conceptos erróneos, no podemos experimentar el amor de Dios de la manera que Él desea? A veces tratamos de llenar ese vacío en nuestro corazón, con el amor de otros. No me malentiendas, las relaciones humanas pueden ser hermosas. De hecho, Dios diseñó a la familia precisamente para nuestro gozo. Pero tarde o temprano, los humanos nos van a fallar. Como un consejero dijo: 

Cuando dos personas tratan de recibir amor perfecto el uno del otro, ¡es como dos mendigos tratando de pedir prestado el uno del otro! 

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 “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!”.

¡Dios tiene un cuidado especial para con sus hijos! 

Cuando yo salgo de viaje y regreso a casa, acostumbro traer algún regalito a mis hijas y a mi hijo, algo que compré en la ciudad o el país donde andaba.  Pero, ¿te digo algo? ¡Nunca les he traído algo a los hijos del vecino! Porque por muy bien portados que sean, por muy bien parecidos que sean, ¡no son mis hijos! De la misma manera, Dios tiene un cuidado especial para con sus hijos.  

Sin duda, algunos se encelan con esa declaración, pensando: “Pero, ¡¿cómo es posible que ustedes los cristianos digan esto, que se crean tan privilegiados?!”. La verdad es que la Biblia lo dice. 

A la vez, mucha gente piensa: “Pero todos somos hijos de Dios”. Las Escrituras no enseñan tal cosa. Indican que todos somos hijos de Adán, con la naturaleza pecaminosa de Adán. Por lo tanto, Jesús dijo: "Es necesario nacer de nuevo, nacer del Espíritu". Cuando ocurre el nuevo nacimiento (por creer y recibir a Jesucristo) somos hechos sus hijos (Juan 1:12) y la Biblia muestra que, ¡sí hay un trato especial para los hijos!

Notemos algo más: El conocido texto de Juan 3:16 enseña que Dios sí ama a todo el mundo. Sin embargo, Jesús declaró en Juan 14 que el que le sigue y que guarda sus mandamientos, ¡será amado por el Padre! Así que, ¡sin duda existe un amor especial para los hijos obedientes!

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“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él".

Jesús nos enseñó a llamar a Dios “Padre”

Cuando Jesús vino a la tierra, Él vino a revolucionar lo que el pueblo de Israel conocía en relación a Dios. Jesús personalizó la expresión “Padre”. Los judíos siempre habían percibido a Dios como alguien distante e intocable, ¡ni siquiera se atrevían a decir su nombre! Entonces Jesús vino, y llamó a Dios “mi Padre”. Hablaba de una relación personal que los judíos no entendían.  Él  decía: “El padre y yo somos uno”, y esto irritaba a los religiosos de aquellos días. 

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Por: Jes�s Adri�n Romero y Gloria Richards
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Si nuestros padres fueron así, entonces solemos pensar que Dios es igual con nosotros: Que Él sólo nos ama, o nos ama más, cuando hacemos algo para merecer su amor. 

Por otro lado, si las autoridades en nuestras vidas fueron demasiado permisivas, posiblemente no entendamos la importancia de la obediencia. Algunas personas ven a Dios como un “abuelito sentimental” que sólo cierra sus ojos a nuestros pecados.  

¡Qué responsabilidad para nosotros que somos padres de familia! Nuestros hijos (al igual que nosotros) no pueden ver a Dios, que es Espíritu, pero obtienen su percepción de Él a través de la imagen de sus padres terrenales: Cómo los tratamos, el amor que les demostramos y la manera en que los disciplinamos. Cuando reflejamos el amor de Dios, esto viene a desarrollar en la mente de nuestros hijos una imagen correcta de lo que es Dios el Padre, y cuando empiezan a relacionarse con Él, será mucho más fácil, porque lo vieron reflejado en nosotros.

Pero, ¿qué sucede cuando, por nuestros conceptos erróneos, no podemos experimentar el amor de Dios de la manera que Él desea? A veces tratamos de llenar ese vacío en nuestro corazón, con el amor de otros. No me malentiendas, las relaciones humanas pueden ser hermosas. De hecho, Dios diseñó a la familia precisamente para nuestro gozo. Pero tarde o temprano, los humanos nos van a fallar. Como un consejero dijo: 

Cuando dos personas tratan de recibir amor perfecto el uno del otro, ¡es como dos mendigos tratando de pedir prestado el uno del otro! 

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