¿QUÉ VAS A HACER?


Por: Rafael Márquez
Publicado el:
Viernes 23 de Diciembre, 2016
Escrito el:
Viernes 23 de Diciembre, 2016

Venía yo llegando a mi casa, después de ir a la tienda y comprar algo de mandado. Empecé a meter las bolsas que traía a la casa y cuando fui al carro por la última bolsa, escuché ‘la voz’ en mi corazón, que me preguntaba; “¿qué vas a hacer?”. Me quedé quieto, pues reconocí ‘la voz’; era el Espíritu Santo haciéndome una pregunta clara y concisa. Mi respuesta fue igualmente, clara y concisa: “voy a meter esta cartera de huevos a la casa, Señor”. Pero el Espíritu Santo volvió a preguntarme; “¿qué vas a hacer?”.

Verán, ese día más temprano, cuando llegué a la oficina le comenté a los que ahí estaban, que me pareció extraño ver las calles casi vacías mientras manejaba hacia el trabajo. Alguien comentó que era 2 de Noviembre; el día que en nuestro amado país, tristemente se celebra el ‘Día de Muertos’. Yo no caí en cuenta de la fecha hasta que alguien lo mencionó y eso me golpeó en mi interior. Me dolió pensar que una fecha tan oscura provocara tanto fervor en la gente. Aunque no se lo mencioné a nadie, el Espíritu Santo, sí se dio cuenta de mi consternación, por eso Él me preguntó, “¿qué vas a hacer?” cuando llegué a mi casa. Después que su tierna voz me hizo la pregunta por segunda vez, entonces, inmediatamente entendí a que se refería. Ahora mi respuesta fue; “no sé Señor, ¿qué puedo hacer yo?”. El Espíritu Santo me respondió quietamente; “¡ve al panteón!”.

Mis hermanos, cuando el Espíritu de Dios te habla, más vale que pongas atención y obedezcas a Su voz, si no, por qué querrá Él volver a hablarte, si no hacemos caso a lo que nos pide. Volviendo a mi historia, yo supe que tenía que hacer algo al respecto ese día, pero no sabía exactamente qué hacer, lo que sí sabía es que tenía que hacer algo. Las ideas empezaron a venir a mi mente y después de analizar por un momento cada una, al fin tomé la decisión.  Llamé a unos hermanos, conseguimos un altavoz, algunos folletos y nos dirigimos al lugar donde el Espíritu Santo había dicho que fuera: ¡al panteón!

Llegamos al panteón y aquel lugar era toda una algarabía, ¡fue impresionante! Uno pensaría que en el Día de Muertos, el panteón, sería un lugar lúgubre, lleno de solemnidad, quietud y reflexión, pero no fue así. Ver cómo algunos lucran con el dolor de los demás, ver la idolatría de nuestra gente y sobre todo ver una multitud de personas sin esperanza de vida eterna, aferrados a un recuerdo, atados a una tradición hueca y no querer soltar a sus seres queridos que han partido de esta vida; me partió el corazón y se encendió en mi interior un celo por mi Señor.

De un lado, estaban cantando las mañanitas, más al fondo se veía una banda de músicos tocando música popular; en el otro extremo había los que vendían flores, comida y demás accesorios propios de la ocasión. Pero lo que más me afectó, e hizo que un celo santo se encendiera en mí; fue ver el culto que un grupo de personas le rendían a una figura, tipo estatua, del cantante Juan Gabriel de tamaño real. Ellos tenían un sonido a todo volumen con sus canciones, que todos alrededor cantaban a viva voz. En mi corazón le dije a Dios; “no es posible que estén idolatrando esa figura, cuando sólo tú eres el Dios verdadero, creador de todas las cosas”. Mientras caminábamos, yo ardía en celo dentro de mí con estos pensamientos y al momento de pasar al lado de este grupo de personas la figura del cantante, ¡se desplomó hasta el suelo! Yo no lo pensé, yo no lo pedí… simplemente caminé a un lado de ese grupo de personas y el poder sobrenatural de Dios tumbó al ídolo. Inmediatamente, la gente angustiada se abalanzó sobre la estatua para levantarla y por un momento el culto de idolatría se detuvo.

Los hombres que me acompañaron, tomaron sus posiciones y estuvieron entregando folletos con el mensaje de eternidad y predicando de la esperanza de vida eterna que hay en Jesucristo. Por mi parte, le pedí a Dios que me dirigiera y me guiara, ya que había sido Él, quien me inquietó más temprano ese día. Después de observar a la gente por un rato, supe a quien acercarme. Vi a un hombre, sólo frente a una tumba, su rostro serio y cabizbajo denotaba tristeza, y cuando le pregunté si me permitía hablar con él unos minutos pude ver en sus ojos la ausencia de esperanza.

Hablé con Justiniano, ese es su nombre. Hablamos por largo tiempo y le compartí el evangelio. Después de un rato el rostro de Justiniano había cambiado; ahora él tenía esperanza y la tristeza que él sentía al inicio de nuestra conversación, se esfumó. Con una expresión de insistencia en su rostro me preguntó desesperado; “¿cómo puedo conocer a Dios?”. Entonces lo dirigí a entregar su vida al Señor Jesús. Cuando me alejé de él supe que Dios había preparado este encuentro desde el principio. Algo había cambiado en el interior de Justiniano, ¡ahora había esperanza en sus ojos! ¡Cuán grande es el amor de Dios por las personas!“Él no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”; 2ª Pedro 3:9. Mis compañeros de evangelismo y yo, continuamos toda la tarde repartiendo folletos y compartiendo el mensaje de salvación y al final nos fuimos de ahí llenos de gozo y honrados que Dios nos permitiera ser parte de su obra aquí en la tierra.

Mis amados, hay un mundo allá afuera que está perdido, que necesita  escuchar que Cristo les ama y que sólo Él, puede dar vida eterna. La Iglesia, en términos generales, ha perdido la pasión por las almas; estamos más ocupados y preocupados por nuestros programas y organizaciones, y pasamos por alto, que las palabras de Jesús siguen vigentes hoy en día, tanto, como cuando las pronunció por primera vez a sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”; Marcos 16:15. Debemos estar atentos a las oportunidades que se presentan cada día y hablar con denuedo el evangelio. Mis hermanos, debemos ir y alcanzar al perdido, pero sobre todo, hay que escuchar con atención la voz de Dios, porque llegará el momento que Él te hablará, de una u otra manera, y tienes que estar preparado a responder cuando Él te pregunte: “¿Qué vas a hacer?”.

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Llegamos al panteón y aquel lugar era toda una algarabía, ¡fue impresionante! Uno pensaría que en el Día de Muertos, el panteón, sería un lugar lúgubre, lleno de solemnidad, quietud y reflexión, pero no fue así. Ver cómo algunos lucran con el dolor de los demás, ver la idolatría de nuestra gente y sobre todo ver una multitud de personas sin esperanza de vida eterna, aferrados a un recuerdo, atados a una tradición hueca y no querer soltar a sus seres queridos que han partido de esta vida; me partió el corazón y se encendió en mi interior un celo por mi Señor.

De un lado, estaban cantando las mañanitas, más al fondo se veía una banda de músicos tocando música popular; en el otro extremo había los que vendían flores, comida y demás accesorios propios de la ocasión. Pero lo que más me afectó, e hizo que un celo santo se encendiera en mí; fue ver el culto que un grupo de personas le rendían a una figura, tipo estatua, del cantante Juan Gabriel de tamaño real. Ellos tenían un sonido a todo volumen con sus canciones, que todos alrededor cantaban a viva voz. En mi corazón le dije a Dios; “no es posible que estén idolatrando esa figura, cuando sólo tú eres el Dios verdadero, creador de todas las cosas”. Mientras caminábamos, yo ardía en celo dentro de mí con estos pensamientos y al momento de pasar al lado de este grupo de personas la figura del cantante, ¡se desplomó hasta el suelo! Yo no lo pensé, yo no lo pedí… simplemente caminé a un lado de ese grupo de personas y el poder sobrenatural de Dios tumbó al ídolo. Inmediatamente, la gente angustiada se abalanzó sobre la estatua para levantarla y por un momento el culto de idolatría se detuvo.

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2016-12-30

ÁNGELES V
Hno. Victor Richards
2016-12-27

ÁNGELES IV
Hno. Victor Richards
2016-12-20

ÁNGELES III
Hno. Victor Richards
2016-12-13

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