Jesús de Nazaret



Publicado el:
Martes 8 de Junio, 2021

Capítulo 2

Su nacimiento: un suceso extraño y sin precedente

Sin duda, la Navidad es una de las épocas más emocionantes para el cristiano. ¡Es cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor! Pero siendo que estamos tan acostumbrados a esta celebración y aun a la historia bíblica, ¿realmente captamos lo extraordinario del evento, que fue realidad “Dios haciéndose carne para habitar entre los hombres”?

Porque el nacimiento de este Hombre que transformó la historia fue, por supuesto, un evento único y sin precedente. ¡Nada semejante ha sucedido, ni antes ni después! Mateo y Lucas nos relatan la asombrosa historia.

María: un ejemplo de una persona sometida a Dios

El ángel Gabriel fue a la ciudad de Nazaret y se presentó a una virgen, María, comprometida con un varón llamado José. Las imágenes que vemos en las tarjetas de Navidad dibujan a María calladamente recibiendo la noticia del ángel como una especie de bendición, pero no fue así.

Ponte en el lugar de María por unos momentos. Para ti, es un día como cualquier otro. Quizá estás limpiando la casa o preparando alimentos... o quizá estás bordando las orillas de una sábana que llevarás a tu nuevo hogar. Mientras, sueñas despierta acerca de tu nueva vida... tu marido, tu casa... aquellos hijitos que vendrán en algún momento. Elevas una silenciosa oración de gratitud a Dios por lo bueno que es Él. Reina la expectación.

De repente, sin aviso, parece que el sol de mediodía ha penetrado tu habitación en todo su resplandor. Sorprendida, pero casi mecánicamente, levantas tu vista hacia la ventana cuando... ¡oh, no! ¿Qué está pasando? Delante de ti está un ser alto y resplandeciente... toda tu sangre comienza a correr a pasos acelerados por tus venas y sientes desfallecer cuando el ángel habla: “¡Salve, muy favorecida!”.

Obviamente, María se turbó pero el ángel le aseguró: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo...”.

Cuando ella preguntó cómo pudiera ser, siendo ella virgen, el ángel contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. ...nada hay imposible para Dios!”. Luego María respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. ¡Qué ejemplo de una persona sometida a Dios! ¿Estarías dispuesto a decir sí tan rápidamente a Dios, cuando la respuesta va a trastornar totalmente tu futuro?

Aunque ella respondió que sí estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios, fuera lo que fuera, Lucas dice que ella se sintió “turbada” y con “temor”. Después de que el Espíritu Santo vino sobre ella y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra... (¡cómo sería esa experiencia!), quedó embarazada y corrió hacia la única persona que posiblemente podía comprender lo que estaba pasando: su prima Elisabet. En forma milagrosa, Elisabet había quedado embarazada ya anciana, tras otro anuncio de un ángel.

El contraste entre dos embarazos: el de Elisabet y el de María

¡Tan pronto como se saludan las dos primas, es evidente que los bebés que cargan son extraordinarios! Porque el bebé de Elisabet, al escuchar el saludo de María, salta en su vientre y Elisabet es llena del Espíritu Santo. “Bendito el fruto de tu vientre!”, exclama Elisabet. Las mamás comparten su gozo; sin embargo, la escena subraya el contraste entre las dos mujeres; toda la región estaba hablando alegremente del embarazo milagroso de Elisabet, mientras María tenía que ser muy discreta y compartir con muy pocos su propio milagro.

En el mundo actual, donde cada año millones de adolescentes quedan embarazadas fuera del matrimonio, probablemente no nos permite captar la situación tan difícil para María y su familia. Ellos vivían en el primer siglo en una comunidad judía estrechamente unida, donde estas cosas “no sucedían”. La ley consideraba que la mujer comprometida en matrimonio que quedaba embarazada era adúltera, condenada a ser apedreada.

Mateo relata cómo José pensó dejar a María en secreto en vez de acusarla, hasta que el ángel apareció para informarle cómo había concebido. María y José debieron enfrentarse a la burla de la familia y los vecinos, quienes probablemente reaccionaron como muchos escépticos hoy día: “¿Crees realmente que un ángel se le apareció a una adolescente que quedó embarazada sin haber tenido relaciones sexuales?”.

“Dios” nace en un establo hecho para animales

El pueblo judío vivía bajo el dominio de Roma y porque César había dado un edicto de que cada uno tenía que ser empadronado en su ciudad de origen, José y María se encontraban en Belén, cumpliendo como los demás ciudadanos.

Lucas 2:6, 7

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.

Aunque el Hijo de Dios existía con el Padre desde el principio (Juan 1:1), el hombre Jesús nació de una mujer, pero engendrado por el Espíritu Santo. ¡Él fue Dios hecho carne! El plan que Dios había establecido desde la creación para reconciliar a un pueblo pecador con Él, empezaba a desencadenarse.

¿Quién se imaginaría que el Todopoderoso escogería hacerlo de una manera tan sencilla? Dos personajes humildes y ante los ojos humanos, “insignificantes”: una jovencita embarazada y un carpintero, forzados a viajar lejos de su ciudad y luego, dar a luz al Rey de reyes en un establo frío y maloliente, porque no había lugar en el mesón.

Al leer el relato de esta historia asombrosa, ¿cúales son algunas de las palabras que vienen a la mente que tal vez nos sorprenden? ¿No sería humildad una de estas palabras? El Dios que habló desde el Sinaí y el monte tembló, el que daba órdenes a ejércitos e imperios como si fueran peones en un tablero, este Dios se presentó en Belén como un niño indefenso. Él no vino como un torbellino violento ni como fuego devorador.

¡Imagina lo que esto significa! El Hijo, quien, juntamente con el Padre, fue Creador del universo, se despojó temporalmente de su poder, posición y riquezas, para ser gestado en el vientre de una chica de 15 a 16 años de edad.

Es todo lo contrario al estilo del mundo. Cuando uno piensa en un rey, piensa en lo mejor de lo mejor, guardaespaldas, un toque de trompetas, palacios, joyas resplandecientes. En una ocasión cuando la Reina Isabel II visitó a los Estados Unidos, cargó con dos mil quinientos kilos de equipaje que incluían dos vestidos para cada ocasión, un vestido de luto por si alguien fallecía, veinticinco litros de plasma y, ¡hasta un asiento de inodoro de cuero blanco! Una breve visita de la realeza a otro país fácilmente puede costar veinte millones de dólares.

En contraste, la visita de Dios a la tierra se dio en un establo de animales, sin ayudantes y sin disponer de un lugar en dónde colocar al bebé excepto un pesebre, en donde comían los animales. En realidad, el acontecimiento que dividió la historia y nuestros calendarios en dos partes, quizá tuvo más testigos animales que humanos.

Por un breve instante el firmamento se iluminó de ángeles, pero, ¿quién vio el espectáculo? ¡Humildes y analfabetos pastores que cuidaban de los rebaños de otros! ¡“Don nadies”, de los que ni siquiera se saben sus nombres!

Palabras proféticas de Simeón

Después de los 33 días del nacimiento que la ley especificaba, María y José llevaron al niño al templo en Jerusalén para presentarlo ante Dios. Un anciano llamado Simeón corrió hacia ellos y tomó al niño en sus manos y comenzó a orar en voz alta a Dios. Después, hablando a María dijo: “Una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. ¿Qué significaban las extrañas palabras pronunciadas por el anciano Simeón? Ciertamente ni María ni José les encontraban mucho sentido. ¡Especialmente la espada que atravesaría el alma de María! ¿No había venido este niño para salvar a Israel? ¿No sería esto algo glorioso y lleno de gozo? Una espada que atraviesa el alma de una mujer significa tragedia, dolor, tristeza. ¿Cómo podía la venida del Mesías traer tristeza y dolor?

La niñez y juventud de Jesús

¿Cómo fue la niñez y juventud de Jesús? La única escena que la Biblia cuenta de su adolescencia, es cuando la familia estuvo en Jerusalén para la fiesta de la pascua. Era una gran fiesta anual y muchas familias hacían el largo viaje juntos, principalmente a pie. En esta ocasión, tuvieron que haber sido muchas personas, porque ya de camino de regreso a casa, María y José ni siquiera se dieron cuenta que Jesús no estaba con ellos. Ya habían viajado por un día y quizá ya era hora de acostarse cuando posiblemente se suscitó una conversación semejante entre María y José:

—José, háblale a Jesús que se venga a dormir con nosotros.

—¿Con quién está?—, le pregunta distraído José.

—¡Yo pensé que tú sabías con quién! ¿No estará con sus primos?—. José empieza a buscar y luego, tratando de no mostrar alarma dice: —María, ¡no está con nadie!

¡Imagínate a esta pobre madre! ¿Alguna vez perdiste, aunque fuera por unos breves momentos, a un hijo pequeño? Temor, alarma, culpa... ¿cuántas emociones no sentiría en ese momento? La calma del campamento se ha terminado y todos están involucrados en la búsqueda del niño. Finalmente, María y José, seguramente acompañados por algunos otros, emprenden el largo camino de regreso a Jerusalén. Y, ¡lo tuvieron que buscar por tres días! Por fin, se les ocurre volver al templo y allí, como si nada, encuentran a Jesús, un jovencito de doce años, tranquilamente escuchando y haciendo preguntas a los asombrados doctores de la ley.

Como cualquier madre, su alivio estaba fuertemente mezclado con indignación. Imagínate su tono de voz cuando le reprende con las palabras: —Hijo, ¿por qué nos has hecho así? ¡Tu padre y yo te hemos buscado con angustia!

¡Jesús ni siquiera se da por aludido! “¿Por qué me buscabais?, les pregunta. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”.

La Biblia dice que sus padres no entendieron las palabras de su hijo, cosa que nuevamente acentúa la naturaleza dual de Jesús: humano y divino a la vez. Por un lado, aparentemente Jesús era tanto como cualquier otro niño, que hasta sus padres se olvidaban por un momento quién realmente era. Por otro lado, vemos a un niño de sólo doce años, ya compartiendo su sabiduría divina con los maestros de la ley. Él tenía un entendimiento sobrenatural de quién era su verdadero Padre. Sin embargo, Él volvió a casa con María y José y estuvo sujeto a ellos. Allí creció en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

Más adelante, cuando Jesús ya es adulto, el evangelio de Marcos menciona a sus hermanos:

Marcos 6:3

“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?...”.

Tenemos que concluir que eran otros hijos de María, puesto que Lucas 2:7 dice: “Y dio a luz su primogénito”, hablando del nacimiento de Jesús. ¿Por qué “primogénito” si no había otros?

Parece que la doctrina de la “virginidad perpetua” de María, que empezó varios siglos después del día de Pentecostés, fue el resultado de querer exaltar la vida célibe como más santa, algo que las Escrituras nunca hacen y de desviar la atención de Jesús. ¿Cómo se explica la Escritura que dice que José “pero no la conoció hasta que dio a luz su hijo primogénito...”? (Mateo 1:25). Las palabras hasta que, obviamente implican que sí le conoció como esposa después del nacimiento de Jesús.

La relación entre María y Jesús cambió

Cuando Jesús tenía 30 años, todo cambió. Juan 2 nos relata el emocionante acontecimiento de su primer milagro en una boda en Caná. Los invitados incluyeron a Jesús, a los discípulos y a María, su madre. Cuando les faltó vino, María llegó con Jesús y le dijo: “No tienen vino”. Jesús le contestó: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. Él no estaba rehusando la petición de su madre, simplemente estaba tratando de usar ese incidente del diario vivir para hacer que ella comprendiera que la relación entre ellos era ahora diferente. A final de cuentas... Él convirtió varias tinajas de agua en un sabroso vino.

Pasaron meses en los cuales María no tuvo la oportunidad de ver a Jesús, pues Él iba de una ciudad a otra con sus discípulos, enseñando y sanando. Seguramente ella oyó los terribles rumores acerca de su Hijo: unos decían que Él estaba poseído por el diablo; otros se molestaban porque sanaba en el día de reposo. Algunos le tuvieron por hereje y su odio contra Él estaba creciendo. Aun sus hermanos carnales, al principio no creían en Él (Juan 7:5).

Un día María y sus otros hijos fueron a verle, pero cuando le avisaron que ellos le esperaban afuera, ¡seguramente éstos no estaban preparados para la respuesta de Jesús! Porque en vez de ir a saludarlos alegremente, dice para que todos lo escuchen:

Mateo 12:48-50

“...¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre”.

¡Qué asombrosas son estas palabras para nosotros! Pero pensemos un momento en María. Siendo humana, probablemente ella se sintió rechazada, como una “espada” traspasando su corazón. No se podía imaginar que en más o menos tres años otra “espada”, pero mucho más profunda, traspasaría su corazón, cuando se encontrara frente a la cruz.

María fue la mujer más bendecida, más privilegiada de todas las mujeres porque fue escogida para ser la madre del Hijo de Dios.

Es interesante que la última vez que la Biblia le menciona es cuando ella, juntamente con los hermanos de Jesús (ya creyentes) y otros discípulos, se encuentran en el aposento alto orando, esperando la venida del Espíritu Santo, que sucedió en el día de Pentecostés (Hechos 1:12-14; 2:1-4).

María, igual que todos nosotros, ¡necesitaba recibir el Espíritu Santo!

Qué son las buenas nuevas?

¿Es posible que por un evento, el nacimiento de una persona, ahora exista esperanza en un mundo lleno de temor y maldad? ¡Esto sí son buenas nuevas! Al concluir la historia de su nacimiento, quiero citar un par de párrafos del libro de Max Lucado, “Y los ángeles guardaron silencio”:

“La idea de que Dios escogiera a una virgen para dar a luz... La noción de que Dios pudiera revestirse de cabellos, dedos y dos ojos... El pensamiento de que el Rey del universo pudiera estornudar o ser picado por los mosquitos... Es demasiado increíble, demasiado revolucionario. Jamás hubiésemos creado tal Salvador. No somos lo suficientemente atrevidos.

En nuestros más extravagantes sueños no le hubiéramos conjurado para que se volviera uno de nosotros. Pero Dios lo hizo. Dios hizo lo que no nos hubiésemos atrevido a soñar. Él hizo lo que no podíamos imaginar. Se convirtió en un hombre para que pudiéramos confiar en Él. Y derrotó a la muerte para que pudiéramos seguirlo.

Eso desafía la lógica. Es una locura divina. Únicamente un Dios que sobrepasa todo sistema y todo sentido común podría crear un plan tan absurdo como éste. Y sin embargo, es su misma imposibilidad lo que lo hace posible. Lo insensato de la historia es su más poderoso testigo. Porque sólo Dios podría crear un plan tan descabellado. Únicamente un creador que va más allá de toda barrera lógica pudo brindar semejante ofrenda de amor”.

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Martes 8 de Junio, 2021

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Su nacimiento: un suceso extraño y sin precedente

Sin duda, la Navidad es una de las épocas más emocionantes para el cristiano. ¡Es cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor! Pero siendo que estamos tan acostumbrados a esta celebración y aun a la historia bíblica, ¿realmente captamos lo extraordinario del evento, que fue realidad “Dios haciéndose carne para habitar entre los hombres”?

Porque el nacimiento de este Hombre que transformó la historia fue, por supuesto, un evento único y sin precedente. ¡Nada semejante ha sucedido, ni antes ni después! Mateo y Lucas nos relatan la asombrosa historia.

María: un ejemplo de una persona sometida a Dios

El ángel Gabriel fue a la ciudad de Nazaret y se presentó a una virgen, María, comprometida con un varón llamado José. Las imágenes que vemos en las tarjetas de Navidad dibujan a María calladamente recibiendo la noticia del ángel como una especie de bendición, pero no fue así.

Ponte en el lugar de María por unos momentos. Para ti, es un día como cualquier otro. Quizá estás limpiando la casa o preparando alimentos... o quizá estás bordando las orillas de una sábana que llevarás a tu nuevo hogar. Mientras, sueñas despierta acerca de tu nueva vida... tu marido, tu casa... aquellos hijitos que vendrán en algún momento. Elevas una silenciosa oración de gratitud a Dios por lo bueno que es Él. Reina la expectación.

De repente, sin aviso, parece que el sol de mediodía ha penetrado tu habitación en todo su resplandor. Sorprendida, pero casi mecánicamente, levantas tu vista hacia la ventana cuando... ¡oh, no! ¿Qué está pasando? Delante de ti está un ser alto y resplandeciente... toda tu sangre comienza a correr a pasos acelerados por tus venas y sientes desfallecer cuando el ángel habla: “¡Salve, muy favorecida!”.

Obviamente, María se turbó pero el ángel le aseguró: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo...”.

Cuando ella preguntó cómo pudiera ser, siendo ella virgen, el ángel contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. ...nada hay imposible para Dios!”. Luego María respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. ¡Qué ejemplo de una persona sometida a Dios! ¿Estarías dispuesto a decir sí tan rápidamente a Dios, cuando la respuesta va a trastornar totalmente tu futuro?

Aunque ella respondió que sí estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios, fuera lo que fuera, Lucas dice que ella se sintió “turbada” y con “temor”. Después de que el Espíritu Santo vino sobre ella y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra... (¡cómo sería esa experiencia!), quedó embarazada y corrió hacia la única persona que posiblemente podía comprender lo que estaba pasando: su prima Elisabet. En forma milagrosa, Elisabet había quedado embarazada ya anciana, tras otro anuncio de un ángel.

El contraste entre dos embarazos: el de Elisabet y el de María

¡Tan pronto como se saludan las dos primas, es evidente que los bebés que cargan son extraordinarios! Porque el bebé de Elisabet, al escuchar el saludo de María, salta en su vientre y Elisabet es llena del Espíritu Santo. “Bendito el fruto de tu vientre!”, exclama Elisabet. Las mamás comparten su gozo; sin embargo, la escena subraya el contraste entre las dos mujeres; toda la región estaba hablando alegremente del embarazo milagroso de Elisabet, mientras María tenía que ser muy discreta y compartir con muy pocos su propio milagro.

En el mundo actual, donde cada año millones de adolescentes quedan embarazadas fuera del matrimonio, probablemente no nos permite captar la situación tan difícil para María y su familia. Ellos vivían en el primer siglo en una comunidad judía estrechamente unida, donde estas cosas “no sucedían”. La ley consideraba que la mujer comprometida en matrimonio que quedaba embarazada era adúltera, condenada a ser apedreada.

Mateo relata cómo José pensó dejar a María en secreto en vez de acusarla, hasta que el ángel apareció para informarle cómo había concebido. María y José debieron enfrentarse a la burla de la familia y los vecinos, quienes probablemente reaccionaron como muchos escépticos hoy día: “¿Crees realmente que un ángel se le apareció a una adolescente que quedó embarazada sin haber tenido relaciones sexuales?”.

“Dios” nace en un establo hecho para animales

El pueblo judío vivía bajo el dominio de Roma y porque César había dado un edicto de que cada uno tenía que ser empadronado en su ciudad de origen, José y María se encontraban en Belén, cumpliendo como los demás ciudadanos.

Lucas 2:6, 7

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.

Aunque el Hijo de Dios existía con el Padre desde el principio (Juan 1:1), el hombre Jesús nació de una mujer, pero engendrado por el Espíritu Santo. ¡Él fue Dios hecho carne! El plan que Dios había establecido desde la creación para reconciliar a un pueblo pecador con Él, empezaba a desencadenarse.

¿Quién se imaginaría que el Todopoderoso escogería hacerlo de una manera tan sencilla? Dos personajes humildes y ante los ojos humanos, “insignificantes”: una jovencita embarazada y un carpintero, forzados a viajar lejos de su ciudad y luego, dar a luz al Rey de reyes en un establo frío y maloliente, porque no había lugar en el mesón.

Al leer el relato de esta historia asombrosa, ¿cúales son algunas de las palabras que vienen a la mente que tal vez nos sorprenden? ¿No sería humildad una de estas palabras? El Dios que habló desde el Sinaí y el monte tembló, el que daba órdenes a ejércitos e imperios como si fueran peones en un tablero, este Dios se presentó en Belén como un niño indefenso. Él no vino como un torbellino violento ni como fuego devorador.

¡Imagina lo que esto significa! El Hijo, quien, juntamente con el Padre, fue Creador del universo, se despojó temporalmente de su poder, posición y riquezas, para ser gestado en el vientre de una chica de 15 a 16 años de edad.

Es todo lo contrario al estilo del mundo. Cuando uno piensa en un rey, piensa en lo mejor de lo mejor, guardaespaldas, un toque de trompetas, palacios, joyas resplandecientes. En una ocasión cuando la Reina Isabel II visitó a los Estados Unidos, cargó con dos mil quinientos kilos de equipaje que incluían dos vestidos para cada ocasión, un vestido de luto por si alguien fallecía, veinticinco litros de plasma y, ¡hasta un asiento de inodoro de cuero blanco! Una breve visita de la realeza a otro país fácilmente puede costar veinte millones de dólares.

En contraste, la visita de Dios a la tierra se dio en un establo de animales, sin ayudantes y sin disponer de un lugar en dónde colocar al bebé excepto un pesebre, en donde comían los animales. En realidad, el acontecimiento que dividió la historia y nuestros calendarios en dos partes, quizá tuvo más testigos animales que humanos.

Por un breve instante el firmamento se iluminó de ángeles, pero, ¿quién vio el espectáculo? ¡Humildes y analfabetos pastores que cuidaban de los rebaños de otros! ¡“Don nadies”, de los que ni siquiera se saben sus nombres!

Palabras proféticas de Simeón

Después de los 33 días del nacimiento que la ley especificaba, María y José llevaron al niño al templo en Jerusalén para presentarlo ante Dios. Un anciano llamado Simeón corrió hacia ellos y tomó al niño en sus manos y comenzó a orar en voz alta a Dios. Después, hablando a María dijo: “Una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. ¿Qué significaban las extrañas palabras pronunciadas por el anciano Simeón? Ciertamente ni María ni José les encontraban mucho sentido. ¡Especialmente la espada que atravesaría el alma de María! ¿No había venido este niño para salvar a Israel? ¿No sería esto algo glorioso y lleno de gozo? Una espada que atraviesa el alma de una mujer significa tragedia, dolor, tristeza. ¿Cómo podía la venida del Mesías traer tristeza y dolor?

La niñez y juventud de Jesús

¿Cómo fue la niñez y juventud de Jesús? La única escena que la Biblia cuenta de su adolescencia, es cuando la familia estuvo en Jerusalén para la fiesta de la pascua. Era una gran fiesta anual y muchas familias hacían el largo viaje juntos, principalmente a pie. En esta ocasión, tuvieron que haber sido muchas personas, porque ya de camino de regreso a casa, María y José ni siquiera se dieron cuenta que Jesús no estaba con ellos. Ya habían viajado por un día y quizá ya era hora de acostarse cuando posiblemente se suscitó una conversación semejante entre María y José:

—José, háblale a Jesús que se venga a dormir con nosotros.

—¿Con quién está?—, le pregunta distraído José.

—¡Yo pensé que tú sabías con quién! ¿No estará con sus primos?—. José empieza a buscar y luego, tratando de no mostrar alarma dice: —María, ¡no está con nadie!

¡Imagínate a esta pobre madre! ¿Alguna vez perdiste, aunque fuera por unos breves momentos, a un hijo pequeño? Temor, alarma, culpa... ¿cuántas emociones no sentiría en ese momento? La calma del campamento se ha terminado y todos están involucrados en la búsqueda del niño. Finalmente, María y José, seguramente acompañados por algunos otros, emprenden el largo camino de regreso a Jerusalén. Y, ¡lo tuvieron que buscar por tres días! Por fin, se les ocurre volver al templo y allí, como si nada, encuentran a Jesús, un jovencito de doce años, tranquilamente escuchando y haciendo preguntas a los asombrados doctores de la ley.

Como cualquier madre, su alivio estaba fuertemente mezclado con indignación. Imagínate su tono de voz cuando le reprende con las palabras: —Hijo, ¿por qué nos has hecho así? ¡Tu padre y yo te hemos buscado con angustia!

¡Jesús ni siquiera se da por aludido! “¿Por qué me buscabais?, les pregunta. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”.

La Biblia dice que sus padres no entendieron las palabras de su hijo, cosa que nuevamente acentúa la naturaleza dual de Jesús: humano y divino a la vez. Por un lado, aparentemente Jesús era tanto como cualquier otro niño, que hasta sus padres se olvidaban por un momento quién realmente era. Por otro lado, vemos a un niño de sólo doce años, ya compartiendo su sabiduría divina con los maestros de la ley. Él tenía un entendimiento sobrenatural de quién era su verdadero Padre. Sin embargo, Él volvió a casa con María y José y estuvo sujeto a ellos. Allí creció en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

Más adelante, cuando Jesús ya es adulto, el evangelio de Marcos menciona a sus hermanos:

Marcos 6:3

“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?...”.

Tenemos que concluir que eran otros hijos de María, puesto que Lucas 2:7 dice: “Y dio a luz su primogénito”, hablando del nacimiento de Jesús. ¿Por qué “primogénito” si no había otros?

Parece que la doctrina de la “virginidad perpetua” de María, que empezó varios siglos después del día de Pentecostés, fue el resultado de querer exaltar la vida célibe como más santa, algo que las Escrituras nunca hacen y de desviar la atención de Jesús. ¿Cómo se explica la Escritura que dice que José “pero no la conoció hasta que dio a luz su hijo primogénito...”? (Mateo 1:25). Las palabras hasta que, obviamente implican que sí le conoció como esposa después del nacimiento de Jesús.

La relación entre María y Jesús cambió

Cuando Jesús tenía 30 años, todo cambió. Juan 2 nos relata el emocionante acontecimiento de su primer milagro en una boda en Caná. Los invitados incluyeron a Jesús, a los discípulos y a María, su madre. Cuando les faltó vino, María llegó con Jesús y le dijo: “No tienen vino”. Jesús le contestó: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. Él no estaba rehusando la petición de su madre, simplemente estaba tratando de usar ese incidente del diario vivir para hacer que ella comprendiera que la relación entre ellos era ahora diferente. A final de cuentas... Él convirtió varias tinajas de agua en un sabroso vino.

Pasaron meses en los cuales María no tuvo la oportunidad de ver a Jesús, pues Él iba de una ciudad a otra con sus discípulos, enseñando y sanando. Seguramente ella oyó los terribles rumores acerca de su Hijo: unos decían que Él estaba poseído por el diablo; otros se molestaban porque sanaba en el día de reposo. Algunos le tuvieron por hereje y su odio contra Él estaba creciendo. Aun sus hermanos carnales, al principio no creían en Él (Juan 7:5).

Un día María y sus otros hijos fueron a verle, pero cuando le avisaron que ellos le esperaban afuera, ¡seguramente éstos no estaban preparados para la respuesta de Jesús! Porque en vez de ir a saludarlos alegremente, dice para que todos lo escuchen:

Mateo 12:48-50

“...¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre”.

¡Qué asombrosas son estas palabras para nosotros! Pero pensemos un momento en María. Siendo humana, probablemente ella se sintió rechazada, como una “espada” traspasando su corazón. No se podía imaginar que en más o menos tres años otra “espada”, pero mucho más profunda, traspasaría su corazón, cuando se encontrara frente a la cruz.

María fue la mujer más bendecida, más privilegiada de todas las mujeres porque fue escogida para ser la madre del Hijo de Dios.

Es interesante que la última vez que la Biblia le menciona es cuando ella, juntamente con los hermanos de Jesús (ya creyentes) y otros discípulos, se encuentran en el aposento alto orando, esperando la venida del Espíritu Santo, que sucedió en el día de Pentecostés (Hechos 1:12-14; 2:1-4).

María, igual que todos nosotros, ¡necesitaba recibir el Espíritu Santo!

Qué son las buenas nuevas?

¿Es posible que por un evento, el nacimiento de una persona, ahora exista esperanza en un mundo lleno de temor y maldad? ¡Esto sí son buenas nuevas! Al concluir la historia de su nacimiento, quiero citar un par de párrafos del libro de Max Lucado, “Y los ángeles guardaron silencio”:

“La idea de que Dios escogiera a una virgen para dar a luz... La noción de que Dios pudiera revestirse de cabellos, dedos y dos ojos... El pensamiento de que el Rey del universo pudiera estornudar o ser picado por los mosquitos... Es demasiado increíble, demasiado revolucionario. Jamás hubiésemos creado tal Salvador. No somos lo suficientemente atrevidos.

En nuestros más extravagantes sueños no le hubiéramos conjurado para que se volviera uno de nosotros. Pero Dios lo hizo. Dios hizo lo que no nos hubiésemos atrevido a soñar. Él hizo lo que no podíamos imaginar. Se convirtió en un hombre para que pudiéramos confiar en Él. Y derrotó a la muerte para que pudiéramos seguirlo.

Eso desafía la lógica. Es una locura divina. Únicamente un Dios que sobrepasa todo sistema y todo sentido común podría crear un plan tan absurdo como éste. Y sin embargo, es su misma imposibilidad lo que lo hace posible. Lo insensato de la historia es su más poderoso testigo. Porque sólo Dios podría crear un plan tan descabellado. Únicamente un creador que va más allá de toda barrera lógica pudo brindar semejante ofrenda de amor”.

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Capítulo 2

Su nacimiento: un suceso extraño y sin precedente

Sin duda, la Navidad es una de las épocas más emocionantes para el cristiano. ¡Es cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor! Pero siendo que estamos tan acostumbrados a esta celebración y aun a la historia bíblica, ¿realmente captamos lo extraordinario del evento, que fue realidad “Dios haciéndose carne para habitar entre los hombres”?

Porque el nacimiento de este Hombre que transformó la historia fue, por supuesto, un evento único y sin precedente. ¡Nada semejante ha sucedido, ni antes ni después! Mateo y Lucas nos relatan la asombrosa historia.

María: un ejemplo de una persona sometida a Dios

El ángel Gabriel fue a la ciudad de Nazaret y se presentó a una virgen, María, comprometida con un varón llamado José. Las imágenes que vemos en las tarjetas de Navidad dibujan a María calladamente recibiendo la noticia del ángel como una especie de bendición, pero no fue así.

Ponte en el lugar de María por unos momentos. Para ti, es un día como cualquier otro. Quizá estás limpiando la casa o preparando alimentos... o quizá estás bordando las orillas de una sábana que llevarás a tu nuevo hogar. Mientras, sueñas despierta acerca de tu nueva vida... tu marido, tu casa... aquellos hijitos que vendrán en algún momento. Elevas una silenciosa oración de gratitud a Dios por lo bueno que es Él. Reina la expectación.

De repente, sin aviso, parece que el sol de mediodía ha penetrado tu habitación en todo su resplandor. Sorprendida, pero casi mecánicamente, levantas tu vista hacia la ventana cuando... ¡oh, no! ¿Qué está pasando? Delante de ti está un ser alto y resplandeciente... toda tu sangre comienza a correr a pasos acelerados por tus venas y sientes desfallecer cuando el ángel habla: “¡Salve, muy favorecida!”.

Obviamente, María se turbó pero el ángel le aseguró: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo...”.

Cuando ella preguntó cómo pudiera ser, siendo ella virgen, el ángel contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. ...nada hay imposible para Dios!”. Luego María respondió: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. ¡Qué ejemplo de una persona sometida a Dios! ¿Estarías dispuesto a decir sí tan rápidamente a Dios, cuando la respuesta va a trastornar totalmente tu futuro?

Aunque ella respondió que sí estaba dispuesta a hacer la voluntad de Dios, fuera lo que fuera, Lucas dice que ella se sintió “turbada” y con “temor”. Después de que el Espíritu Santo vino sobre ella y el poder del Altísimo la cubrió con su sombra... (¡cómo sería esa experiencia!), quedó embarazada y corrió hacia la única persona que posiblemente podía comprender lo que estaba pasando: su prima Elisabet. En forma milagrosa, Elisabet había quedado embarazada ya anciana, tras otro anuncio de un ángel.

El contraste entre dos embarazos: el de Elisabet y el de María

¡Tan pronto como se saludan las dos primas, es evidente que los bebés que cargan son extraordinarios! Porque el bebé de Elisabet, al escuchar el saludo de María, salta en su vientre y Elisabet es llena del Espíritu Santo. “Bendito el fruto de tu vientre!”, exclama Elisabet. Las mamás comparten su gozo; sin embargo, la escena subraya el contraste entre las dos mujeres; toda la región estaba hablando alegremente del embarazo milagroso de Elisabet, mientras María tenía que ser muy discreta y compartir con muy pocos su propio milagro.

En el mundo actual, donde cada año millones de adolescentes quedan embarazadas fuera del matrimonio, probablemente no nos permite captar la situación tan difícil para María y su familia. Ellos vivían en el primer siglo en una comunidad judía estrechamente unida, donde estas cosas “no sucedían”. La ley consideraba que la mujer comprometida en matrimonio que quedaba embarazada era adúltera, condenada a ser apedreada.

Mateo relata cómo José pensó dejar a María en secreto en vez de acusarla, hasta que el ángel apareció para informarle cómo había concebido. María y José debieron enfrentarse a la burla de la familia y los vecinos, quienes probablemente reaccionaron como muchos escépticos hoy día: “¿Crees realmente que un ángel se le apareció a una adolescente que quedó embarazada sin haber tenido relaciones sexuales?”.

“Dios” nace en un establo hecho para animales

El pueblo judío vivía bajo el dominio de Roma y porque César había dado un edicto de que cada uno tenía que ser empadronado en su ciudad de origen, José y María se encontraban en Belén, cumpliendo como los demás ciudadanos.

Lucas 2:6, 7

“Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón”.

Aunque el Hijo de Dios existía con el Padre desde el principio (Juan 1:1), el hombre Jesús nació de una mujer, pero engendrado por el Espíritu Santo. ¡Él fue Dios hecho carne! El plan que Dios había establecido desde la creación para reconciliar a un pueblo pecador con Él, empezaba a desencadenarse.

¿Quién se imaginaría que el Todopoderoso escogería hacerlo de una manera tan sencilla? Dos personajes humildes y ante los ojos humanos, “insignificantes”: una jovencita embarazada y un carpintero, forzados a viajar lejos de su ciudad y luego, dar a luz al Rey de reyes en un establo frío y maloliente, porque no había lugar en el mesón.

Al leer el relato de esta historia asombrosa, ¿cúales son algunas de las palabras que vienen a la mente que tal vez nos sorprenden? ¿No sería humildad una de estas palabras? El Dios que habló desde el Sinaí y el monte tembló, el que daba órdenes a ejércitos e imperios como si fueran peones en un tablero, este Dios se presentó en Belén como un niño indefenso. Él no vino como un torbellino violento ni como fuego devorador.

¡Imagina lo que esto significa! El Hijo, quien, juntamente con el Padre, fue Creador del universo, se despojó temporalmente de su poder, posición y riquezas, para ser gestado en el vientre de una chica de 15 a 16 años de edad.

Es todo lo contrario al estilo del mundo. Cuando uno piensa en un rey, piensa en lo mejor de lo mejor, guardaespaldas, un toque de trompetas, palacios, joyas resplandecientes. En una ocasión cuando la Reina Isabel II visitó a los Estados Unidos, cargó con dos mil quinientos kilos de equipaje que incluían dos vestidos para cada ocasión, un vestido de luto por si alguien fallecía, veinticinco litros de plasma y, ¡hasta un asiento de inodoro de cuero blanco! Una breve visita de la realeza a otro país fácilmente puede costar veinte millones de dólares.

En contraste, la visita de Dios a la tierra se dio en un establo de animales, sin ayudantes y sin disponer de un lugar en dónde colocar al bebé excepto un pesebre, en donde comían los animales. En realidad, el acontecimiento que dividió la historia y nuestros calendarios en dos partes, quizá tuvo más testigos animales que humanos.

Por un breve instante el firmamento se iluminó de ángeles, pero, ¿quién vio el espectáculo? ¡Humildes y analfabetos pastores que cuidaban de los rebaños de otros! ¡“Don nadies”, de los que ni siquiera se saben sus nombres!

Palabras proféticas de Simeón

Después de los 33 días del nacimiento que la ley especificaba, María y José llevaron al niño al templo en Jerusalén para presentarlo ante Dios. Un anciano llamado Simeón corrió hacia ellos y tomó al niño en sus manos y comenzó a orar en voz alta a Dios. Después, hablando a María dijo: “Una espada traspasará tu misma alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones”. ¿Qué significaban las extrañas palabras pronunciadas por el anciano Simeón? Ciertamente ni María ni José les encontraban mucho sentido. ¡Especialmente la espada que atravesaría el alma de María! ¿No había venido este niño para salvar a Israel? ¿No sería esto algo glorioso y lleno de gozo? Una espada que atraviesa el alma de una mujer significa tragedia, dolor, tristeza. ¿Cómo podía la venida del Mesías traer tristeza y dolor?

La niñez y juventud de Jesús

¿Cómo fue la niñez y juventud de Jesús? La única escena que la Biblia cuenta de su adolescencia, es cuando la familia estuvo en Jerusalén para la fiesta de la pascua. Era una gran fiesta anual y muchas familias hacían el largo viaje juntos, principalmente a pie. En esta ocasión, tuvieron que haber sido muchas personas, porque ya de camino de regreso a casa, María y José ni siquiera se dieron cuenta que Jesús no estaba con ellos. Ya habían viajado por un día y quizá ya era hora de acostarse cuando posiblemente se suscitó una conversación semejante entre María y José:

—José, háblale a Jesús que se venga a dormir con nosotros.

—¿Con quién está?—, le pregunta distraído José.

—¡Yo pensé que tú sabías con quién! ¿No estará con sus primos?—. José empieza a buscar y luego, tratando de no mostrar alarma dice: —María, ¡no está con nadie!

¡Imagínate a esta pobre madre! ¿Alguna vez perdiste, aunque fuera por unos breves momentos, a un hijo pequeño? Temor, alarma, culpa... ¿cuántas emociones no sentiría en ese momento? La calma del campamento se ha terminado y todos están involucrados en la búsqueda del niño. Finalmente, María y José, seguramente acompañados por algunos otros, emprenden el largo camino de regreso a Jerusalén. Y, ¡lo tuvieron que buscar por tres días! Por fin, se les ocurre volver al templo y allí, como si nada, encuentran a Jesús, un jovencito de doce años, tranquilamente escuchando y haciendo preguntas a los asombrados doctores de la ley.

Como cualquier madre, su alivio estaba fuertemente mezclado con indignación. Imagínate su tono de voz cuando le reprende con las palabras: —Hijo, ¿por qué nos has hecho así? ¡Tu padre y yo te hemos buscado con angustia!

¡Jesús ni siquiera se da por aludido! “¿Por qué me buscabais?, les pregunta. ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”.

La Biblia dice que sus padres no entendieron las palabras de su hijo, cosa que nuevamente acentúa la naturaleza dual de Jesús: humano y divino a la vez. Por un lado, aparentemente Jesús era tanto como cualquier otro niño, que hasta sus padres se olvidaban por un momento quién realmente era. Por otro lado, vemos a un niño de sólo doce años, ya compartiendo su sabiduría divina con los maestros de la ley. Él tenía un entendimiento sobrenatural de quién era su verdadero Padre. Sin embargo, Él volvió a casa con María y José y estuvo sujeto a ellos. Allí creció en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.

Más adelante, cuando Jesús ya es adulto, el evangelio de Marcos menciona a sus hermanos:

Marcos 6:3

“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?...”.

Tenemos que concluir que eran otros hijos de María, puesto que Lucas 2:7 dice: “Y dio a luz su primogénito”, hablando del nacimiento de Jesús. ¿Por qué “primogénito” si no había otros?

Parece que la doctrina de la “virginidad perpetua” de María, que empezó varios siglos después del día de Pentecostés, fue el resultado de querer exaltar la vida célibe como más santa, algo que las Escrituras nunca hacen y de desviar la atención de Jesús. ¿Cómo se explica la Escritura que dice que José “pero no la conoció hasta que dio a luz su hijo primogénito...”? (Mateo 1:25). Las palabras hasta que, obviamente implican que sí le conoció como esposa después del nacimiento de Jesús.

La relación entre María y Jesús cambió

Cuando Jesús tenía 30 años, todo cambió. Juan 2 nos relata el emocionante acontecimiento de su primer milagro en una boda en Caná. Los invitados incluyeron a Jesús, a los discípulos y a María, su madre. Cuando les faltó vino, María llegó con Jesús y le dijo: “No tienen vino”. Jesús le contestó: “¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora”. Él no estaba rehusando la petición de su madre, simplemente estaba tratando de usar ese incidente del diario vivir para hacer que ella comprendiera que la relación entre ellos era ahora diferente. A final de cuentas... Él convirtió varias tinajas de agua en un sabroso vino.

Pasaron meses en los cuales María no tuvo la oportunidad de ver a Jesús, pues Él iba de una ciudad a otra con sus discípulos, enseñando y sanando. Seguramente ella oyó los terribles rumores acerca de su Hijo: unos decían que Él estaba poseído por el diablo; otros se molestaban porque sanaba en el día de reposo. Algunos le tuvieron por hereje y su odio contra Él estaba creciendo. Aun sus hermanos carnales, al principio no creían en Él (Juan 7:5).

Un día María y sus otros hijos fueron a verle, pero cuando le avisaron que ellos le esperaban afuera, ¡seguramente éstos no estaban preparados para la respuesta de Jesús! Porque en vez de ir a saludarlos alegremente, dice para que todos lo escuchen:

Mateo 12:48-50

“...¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana y madre”.

¡Qué asombrosas son estas palabras para nosotros! Pero pensemos un momento en María. Siendo humana, probablemente ella se sintió rechazada, como una “espada” traspasando su corazón. No se podía imaginar que en más o menos tres años otra “espada”, pero mucho más profunda, traspasaría su corazón, cuando se encontrara frente a la cruz.

María fue la mujer más bendecida, más privilegiada de todas las mujeres porque fue escogida para ser la madre del Hijo de Dios.

Es interesante que la última vez que la Biblia le menciona es cuando ella, juntamente con los hermanos de Jesús (ya creyentes) y otros discípulos, se encuentran en el aposento alto orando, esperando la venida del Espíritu Santo, que sucedió en el día de Pentecostés (Hechos 1:12-14; 2:1-4).

María, igual que todos nosotros, ¡necesitaba recibir el Espíritu Santo!

Qué son las buenas nuevas?

¿Es posible que por un evento, el nacimiento de una persona, ahora exista esperanza en un mundo lleno de temor y maldad? ¡Esto sí son buenas nuevas! Al concluir la historia de su nacimiento, quiero citar un par de párrafos del libro de Max Lucado, “Y los ángeles guardaron silencio”:

“La idea de que Dios escogiera a una virgen para dar a luz... La noción de que Dios pudiera revestirse de cabellos, dedos y dos ojos... El pensamiento de que el Rey del universo pudiera estornudar o ser picado por los mosquitos... Es demasiado increíble, demasiado revolucionario. Jamás hubiésemos creado tal Salvador. No somos lo suficientemente atrevidos.

En nuestros más extravagantes sueños no le hubiéramos conjurado para que se volviera uno de nosotros. Pero Dios lo hizo. Dios hizo lo que no nos hubiésemos atrevido a soñar. Él hizo lo que no podíamos imaginar. Se convirtió en un hombre para que pudiéramos confiar en Él. Y derrotó a la muerte para que pudiéramos seguirlo.

Eso desafía la lógica. Es una locura divina. Únicamente un Dios que sobrepasa todo sistema y todo sentido común podría crear un plan tan absurdo como éste. Y sin embargo, es su misma imposibilidad lo que lo hace posible. Lo insensato de la historia es su más poderoso testigo. Porque sólo Dios podría crear un plan tan descabellado. Únicamente un creador que va más allá de toda barrera lógica pudo brindar semejante ofrenda de amor”.

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